sábado, 21 de marzo de 2009

Maso-mmelier

Desde tiempos inmemoriales, las diferentes civilizaciones han disfrutado del vino. Bebida de emperadores, reyes y plebeyos, delicado elixir que endulza las más variadas gargantas, el vino parece haber encontrado su apogeo a finales del siglo pasado, nada menos que en la Argentina.

Todo comenzó con la famosa y recordada publicidad de un joven Hugo Arana sosteniendo primorosos escarpines mientras lloriqueaba como borrico sentimental, para vinos Crespi. Un adolescente Nicolás Matías Bianchi se pegaba al televisor saboreando de antemano la bebida que su bruto padre le prohibía en la mesa.
Hasta su cumpleaños número 18. El padre lo encaró en el almuerzo, con estas sabias palabras:
“Hijo mío, es hora de que pruebes la sangre de Cristo, este brebaje maravilloso que tiene la virtud de hacer que tu madre se parezca a Gina Lollobrigida por lo menos por unas horas. Así fuiste concebido, y así continuarás con nuestro linaje. Bebe, bebe por la familia, y corre, corre por tu alma”.
Claro, el padre era tremendo borracho que se empedaba hasta oliendo un corcho y la cagaba a bifes a la madre cuando la salsa le salía agria.
Bianchi no quería esto, así que su primer sorbo fue medido. Allí, la magia.
El glamour. Valeria, Nicole, Teté danzaban en su lengua y Giordano tartamudeaba con la camiseta de Boca.
Había descubierto un nuevo mundo, un placer inigualable que lo marcaría por el resto de sus días.

Empezó con el totín del padre. Siguió con el Termidor en botella. Después se aggiornó y consumió directamente del pico del tetra-brick (alguien le dice tetra-brick???). Luego de vagar sin rumbo por los vinos más chotos del almacén del gallego Pepe, abrió los ojos a una nueva clase.
Los vinos finos.
Torronteses, Borgoñas, Pinot Noirs y Cabernet Sauvignons pasearon por su boca tosca. Aprendió a diferenciar los vinos por sus colores. Estaban los rojos intensos, como la nariz de su padre cuando se la daba contra la mesa cuando caía borracho; los rojos casi bordó (alguien le dice bordeaux???) como la enagua de los días menstruantes de su madre; los rosados como el pene de su perro cuando estaba en celo; los blancos como la saliva de su primo epiléptico. Y asoció esos colores con aromas y gustos.
“Este vino tiene un leve tinte a… verga”, degustaba con aires de gran señor. “Este tiene notas de cereza al marraschino con helado de chocolate de Sei Tu”, “Es fuerte, tiene cuerpo, Entonces es Sam”, “Este tinto es robusto, es potente, si fuera persona me recontracaga a trompadas”, “Este vino es suave como trasero de marica que espera compañía”, “Este blanco es cítrico, agrio, como chuparle el sobaco a la tía Nora”, “Este Pinot Noir tiene… un pedazo de corcho flotando”.
Bianchi era la envidia del barrio. Lo contrataban en las kermeses de la asociación de fomento para que descorchara las botellas y las sirviera en vasitos de plástico blancos, de esos que todos dicen que descartan pero que vamos, sabemos que los lavan y los vuelven a usar, ratas.

Mientras todos trataban de lograr una línea en el improvisado bingo, Bianchi agarró el micrófono, impulsado por una fuerza superior (probablemente un gas que estuvo fermentando desde el primer sorbo) y dijo:
“Tomad y bebed todos de este vino, porque es un Cabernet Sauvignon y pega como la gran puta!” Las hordas, enloquecidas, dejaron los cartones sin llenar y se congregaron a su alrededor, como si fuera un Mesías medio chupado que les batía la justa.

“El vino no es sólo jugo de pata de un obrero mendocino con catorce hijos y una parra en el patio. El vino es arte, es puro, es sincero, es tu amigo, es tu cuñado preferido, es tu compañero de pesca, es el garco de la mañana, la peteada de tu secretaria, el pucho después del polvo, es todo lo bueno que hay en el mundo, EN UNA SOLA COPA!”

Acto seguido, arrojó un corcho al aire y dictaminó:
“Yo tengo un sueño. Algún día, las grandes narices y bocas vineras del mundo se unirán bajo un solo techo, bajo las mismas reglas, viviendo en hermosa hermandad mamada”.

Al año siguiente estaba formando el Club del Vino y publicando la revista Joy. Sus seguidores, fanatizados, pregonaban la palabra de Bianchi a quien quisiera oírla, haciendo degustaciones gratuitas con promoturras vestidas de rojo y chupando como putas sin dientes.

Sepa, querido lector, que es muy fácil identificar a un bianchero. Ahora se llaman a sí mismos “sommeliers”, y son aquellos que, al llegar a un restaurant, exige con voz nasal una carta de vinos; elige la cosecha más vieja y más cara; pide que le sirvan una copa; la mira a trasluz, la mira de abajo, de arriba, del borde, saca su tarjeta linterna y la ilumina; pone su nariz bulbosa y peluda dentro de la copa y aspira, tragando moco; finalmente lo prueba, hace dos buches de cada lado de la boca, tres gárgaras cantando “La donna e mobile” de Pavarotti y una vez que traga, le dice al mozo “No, a este le falta. Tráigame un Uvita Fiesta”.

Afrontémoslo. El vino es jugo de uva podrido que algún monje se habrá olvidado fermentando en un tonel andá a saber hace cuántos años, y ahora es la bebida top. La próxima vez que te hagas el cool queriendo degustar un delicioso patero, en vez de Puerto Madero andate hasta Constitución, encontrá un albañil, metele uvas entre los dedos de los pies y chupaselos.

Qué te vení a hacer el cheto, gato.

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